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En una artesilla o recipiente similar se echan varias yemas de huevo batidas y, por cada yema, tres cucharadas de leche, tres de azúcar y tres de aceite en el que previamente se ha frito una corteza de naranja seca. El aceite hay que dejarlo enfriar antes de echarlo a la artesa. También se le pone un pellizco de ralladura de limón y las claras batidas a punto de nieve. Se mezcla todo con paciencia y cuidado y se le añade un papelillo de “gaseosa El Tigre” por cada dos huevos. Los delicados  le pueden poner levadura pero no sé si saldrá igual. Luego se le va añadiendo harina de trigo fino en forma de lluvia y se sigue amasando hasta conseguir una masa elástica que no se pegue en los dedos. Se tapa y se deja reposar una hora.

Luego se hacen unos roscos de unos cuatro o cinco centímetros de diámetro, a los que se les da un corte poco profundo a todo alrededor, y se fríen en abundante y caliente aceite de oliva. Al sacarlos de la sartén, ya mucho más gordos porque se bufan una cosa, se emborrizan con una mezcla de azúcar y canela molidas que se tiene preparada en un plato hondo. Se dejan enfriar en algún sitio alejado del tráfico fami- liar para que no desaparezcan totalmente antes de tiempo.

Hay quien los sumerge en un almíbar ligero una vez emborrizados de azúcar y canela. Esto hace que resulten más tiernos y aguanten más días así.

Los de vino, típicos sobre todo del norte de la provincia, son bastante distintos y además se hornean en vez de freírlos.